sábado, 24 de enero de 2009

Babel

Otro cuento sobre torres. Si esto sigue así, va a terminar convirtiendose en una mini-serie.
Sí, se que no estuve escribiendo mucho ultimamente... debe ser que no estoy inspirado (sea lo que sea que quiera decir eso).


Babel

Hubo una vez en un prospero condado en las afueras del gran reino. El príncipe que lo dirigía era sabio y bondadoso, siempre atento a las necesidades de su pueblo. Los habitantes de aquel noble paraje, con eterno agradecimiento a la generosidad de su gobernador, decidieron alzar en su nombre la torre más grande del mundo para que todos los hombres, incluso los de los reinos vecinos, supieran que en ese lugar vivía el más abnegado príncipe. Los obreros preguntaron, "¿Hasta dónde se alzará la torre?". Los arquitectos respondieron "Hasta donde se eleve la benevolencia nuestro gran gobernador". "Hasta el cielo" fue el acuerdo tácito entre todos ellos. El príncipe, en un principio, se sintió ligeramente abochornado por tal demostración de fidelidad de su pueblo. Honestamente humilde, prefería que sus aldeanos usaran su tiempo libre en el ocio y no en la construcción de aquella pretenciosa torre. Pero, a medida que aquel monumento fue aumentando su elevación, también lo hizo la soberbia del Conde. Cuando la torre llegó a verse por encima de los muros del castillo, el príncipe redujo en 2 las horas laborales de sus súbditos, para dedicarlas exclusivamente a la construcción. Cuando la punta de la torre fue visible desde los límites del condado, las horas de descanso de los aldeanos, quienes ya no estaban tan deseosos de erguirla, fueron reemplazadas por trabajo forzado. Las ansias del príncipe eran irrefrenables. Quería que todo el mundo supiera de su incalculable bondad, que hasta el mismísimo Dios sintiera celos del amor de su pueblo. "Hasta el cielo", repitió mentalmente, mientras inclinaba su cuello para ver mejor. No mucho tiempo transcurrió hasta que la torre podía ser observada desde la misma capital. El Rey, completamente enfurecido por esa demostración soberbia de poder, ordenó a su ejército detener inmediatamente su construcción. Cuando llegaron al que una vez fue un prospero condado, huyeron horrorizados al ver el macabro espectáculo que se ofrecía al pie de la infame torre. Cientos de cadáveres, que evidentemente fueron arrojados desde la punta, rodeaban la base de la ciclópea estructura. Hombres, mujeres, niños. Todos ellos con los signos del hambre y la tortura. Hacía varios meses que la torre se elevó a tal punto que todo el pueblo debió subir a ella para continuar su construcción. Azotados, forzados a trabajar las 24 horas del día, sin descanso, muchos intentaron rebelarse. La caída era tan larga que podía gritar varias veces antes de tocar el suelo. En las alturas, sin comida y sin agua, las muertes se daban de a montones. Pronto, el ególatra príncipe era el único que quedaba. Subiendo los ladrillos él mismo, con sus delicadas manos de noble, haciendo caso omiso de una inclemente lluvia que golpeaba con furia la torre. Subió a la columna más alta de todas. Podía ver el mundo entero desde allí. Gritó a la tormenta "¡Dios, estoy aquí! ¡Mira mi poder! ¡Acéptame como tu igual!". La respuesta de Dios llegó como un rayo fulminante.

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