Mostrando las entradas con la etiqueta Teatro. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Teatro. Mostrar todas las entradas

jueves, 16 de agosto de 2018

Sorry

Texto encontrado en un cuaderno. No recuerdo haberlo escrito, pero está con muy buena letra como para ser transcripto de una improvisación. Quizás sea de la historia de los intérpretes, seguramente algún ejercicio de dramaturgia.



M- Perdón, no se qué me pasa, ya no me siento como antes. No puedo llorar más. Nunca me había pasado. Gracias, sos un buen tipo.
S- Y vos sos una buena tipa.
M- No, de verdad sos un buen tipo.
S- Vos sos una buena...
M- Basta!
S- Escuchame.
M- Estoy cansada. No me gustan los hombres. Sonrien demasiado. No sé cómo ser yo misma. No se qué hacer. Por ejemplo, cuando estoy sola... tengo que salir o quedarme? Antes, todo me hacía sonreir. Ahora, no tanto. Te pasó alguna vez? Tengo que hacer un esfuerzo para respirar porque el aire se vuelve pesado. En realidad, no tengo ningún problema. Lo que me molesta es estar sola. Cuando estoy sola oigo todo, oigo todas las frecuencias. Ruidos como el agua del baño, una canila que gotea, el tráfico, y eso me pone nerviosa. Quién sabe... cuando estoy con alguien, tengo ganas de irme. No soy sociable. La gente divertida me aburre y los trascendentales me deprimen. Soy despreciable. Te miro y digo "Qué espera de mi este pobre hombre?".
S- Todo.
M- Estoy incómoda. Hace calor?
S- No.
M- Querés te?
S- No.
M- Querés huevos?
S- No.
M- Un trago?
S- No.
M- Que bien la pasamos ayer a la tarde, verdad? Llamé a un taxi y no desprecié al taxista. Me gusta la gente sencilla, la que trabaja y siente las cosas, me entendés? (Él la besa, ella llora) Perdón. No sos vos, soy yo.
S- No me conocés. Soy una buena persona. Yo te voy a cuidar, vas a ver.

jueves, 30 de mayo de 2013

Angler

Angler (Anzuelo)

Hace mucho que no nos vemos ¿Te acordás de mí? (silencio) Me gustas. Mucho. No me mires con esa cara de sorpresa, ya lo sabías. Hace rato que te estoy siguiendo... desde la primaria. El primer día, la maestra nos preguntó cual era nuestro animal favorito, y respondiste “El pez anzuelo”. En ese momento, pensé: “qué animal feo. Con esos ojos, los dientes así, y la lamparita en la cara”. No entendía qué te gustaba de ese bicho. Así que te empecé a mirar. Quería saber qué pasaba por esa cabecita. Y en algún momento lo entendí. El pez anzuelo es un pescadito que nada en las profundidades. Va todo el tiempo solo, en el oscuro inmenso, con su lamparita. Vos también estabas muy solo.

En los recreos, todos salían al patio, menos yo. Prefería quedarme dibujando. La maestra apagaba la luz del aula, así que yo tenía una linterna para poder ver. Un día, no se por qué, te mandaron a vos a apagar las luces. Apretaste el botón y quedó todo a oscuras. Te vi parado en la puerta, con la luz de afuera pegándote en la cara. Era mi oportunidad. Te hice señas con la linterna. Me miraste, y te reíste. No lo podía creer. Por primera vez, hablamos todo el recreo, en el aula a oscuras, iluminados por la linterna. Me senté en el banco de la maestra porque me llevabas unos cuantos centímetros. Igual que ahora, jaja. Entonces eras tan grandote y tan chiquito, pescadito. Hablabas un montón y movías las manos así. Estabas nervioso. Yo estaba más nerviosa que vos. Nunca me habías mirado tanto, y tan cerca. (silencio) Te abracé fuerte, fuerte, porque tenía miedo de que eso no fuera real. Te dejé callado, y escuchaba tu respiración fuerte, como un pececito fuera del agua. Y levanté la cara para mirarte, y me besaste. (silencio) Un beso así... no es para cualquiera. Tus labios rozando, solo pasando por encima de mi boca, como un caracol. Pensé que iba a morir de felicidad. Pero... saliste corriendo. Que tonto que sos. Me dejaste llorando sola, a oscuras. (silencio) Pero lo peor fue que no me volviste a hablar más.

Entonces... no sabía que hacer. Cada vez que te miraba, sentía kilómetros de agua aplastándome el pecho. Pescadito, no te podía hablar. Ni te acordabas. Nada tenía sentido ya, ¿por qué iba a pensar que algo valía la pena si lo único que quería era estar con vos y ni siquiera te acordabas de mi? Por eso me tiré de la ventana del aula. De eso seguro te acordás. Que tuvieron que mover todo el curso a planta baja. Que te cargaron durante meses por mi culpa. Yo también me acuerdo. ¿Querés que te muestre mi souvenir? (se toma la remera, como para sacársela, pero no hace nada. Silencio) Me angustiaba esperando que te acordaras de mi, que me volvieras a mirar arriba de un banco. Que te pudiera dibujar pescaditos en el cuaderno, casi sin que me notes. Lloré mucho, pero... entonces me di cuenta que eso era lo mejor. Que todo sea “natural”, a la antigua. Que te deje avanzar de a poco, cada día un pasito más cerca. Primero, miradas, sin hablar. Un día cruzar palabras. Decirnos frases inocentes. Tocarnos por accidente las manos cuando me pedís una hoja. Pequeños resplandores. Toda la secundaria. Hasta que una noche, que no parezca especial, en la fiesta de un amigo en común, el cansancio y el alcohol nos dejen de repente solos y transparentes, mirándonos en silencio, en la penumbra... diez, quince segundos. Vas a querer hablar y decir y contar, y yo también, y los dos muy colorados vamos a esperar a que el otro de el primer paso... para devolverte el beso. Pero no. Tuviste que cagarlo todo.

Empezaste a darle bola a Mariana. La mirabas en los recreos. La acompañabas a la casa y a entrenar. Tomaban de la misma botellita de agua. La escuchabas, y ella te tocaba el hombro cuando te hablaba. ¿Tan solo te sentías? Para andar con una tarada, que encima no era linda, mala onda, insufrible, un pelo horrible, olor a pescado, no era linda. Le iba mal en matemática. No sabía cocinar. Una pelotuda. Era fea. No te quería. ¿Qué tenías que hacer en su casa? Te obligó, yo lo se. Inventó alguna pelotudez la muy puta para alejarte de mi, arruinando nuestra relación a la antigua. No iba a permitir que nadie nos molestara, así que la saqué del medio. Cianuro de Potasio. Un gramo, mezclado en la botellita. En un minuto perdió la conciencia. En una hora... no te preocupes, no nos va a molestar más. No tengas miedo, no te voy a hacer nada malo. Solo hay que desprenderse de lo que sobra. Vos también te portaste muy mal, pescadito. Así que ahora vamos a jugar con mis reglas.

El pez anzuelo vive en el fondo del mar. Es un pescadito solitario, que nada en la oscuridad, con su lamparita. Es tan difícil encontrar a otro de su especie, que cuando un macho y una hembra se encuentran, el macho la muerde en un costado, y se funde con la piel de la hembra. Él se desprende de sus aletas, su cola, sus ojos, todo lo que sobra, y de ahí en más el macho vive pegado a la hembra, dependiendo completamente de ella.

Estaba pensando... ahora, que ya somos grandes... ¿No sería hermoso que viviéramos juntos? Unidos. No te va a faltar nada, pescadito. Yo te voy a cuidar en todo momento. Te voy a preparar la comida, bañarte, vestirte, llevarte a dormir. No vas a estar más solo, pescadito. Vamos a estar juntos.

Ah, no te dije. Estoy estudiando medicina. Cirugía. ¿Sabés cual es mi especialización? Las amputaciones.

jueves, 5 de abril de 2012

Surprise

Tarea N°4 del taller de dramaturgia. Monólogo de 300 palabas, trabajando sobre la voz del personaje y los distintos tipos de conflicto.


Ariel
: (entra corriendo al aula en ruinas, riendo. Se acerca al banco del profesor y con la linterna comienza a hacer señas, llamando a su acompañante, quien, al entrar, le hace señas para que baje la voz) ¡Sorpresa! ¿A que no te lo esperabas, verdad? Yo me acuerdo de todo, ya deberías saberlo. Esto quería mostrarte. ¿Viste? Toda el aula está casi igual, solo un poquito descuidada, con un poquito de polvo. Bueno, un poco mucho. Pero igual es de las aulas que mejor quedaron ¿No? ¿Y, qué me decís? (silencio) Bueno, pensé que te iba a alegrar más. Pero veo que… Nada, no me hagas caso ¿Sabés qué? Un día, en un recreo, vi a una nena y a un nene solos en esta aula. La nena estaba sentadadita sobre este mismo banco, tan chiquita que los pies le colgaban. El nene era bastante más alto, aunque después no creció mucho. ¿Qué? ¿Por qué me mirás así? Resulta que los nenes estaban conversando como en secreto. Yo miraba a escondidas desde la entrada, así que no se muy bien que estaban diciendo. El nene hablaba mucho, movía las manos así y miraba a los costados, como si pispeara por donde podía escapar. La nena… no le veía la cara, porque estaba de espaldas a la puerta. Le agarraba los brazos y trataba de calmarlo. Creo que quería decirle algo, ¡pero el pobre nene no la entendía! Y al ver que no podía convencerlo, lo abrazó. Y me supongo que el nene sintió algo, porque también la abrazó. Parecía que se dormía abrazándolo. Pero entonces se atrevió a hacer algo que nunca había hecho antes. Lo besó. Y era la primera vez que besaba a alguien. Solo apoyó sus labios contra los de él, con la cara muy roja y apretándolo fuerte. El nene se soltó enseguida y salió corriendo. ¿Lo podés creer? Esa nena quedó con el corazón destrozado después de eso. E incluso hasta el día de hoy, no puede perdonarlo. ¿No te parece un poco injusto?

viernes, 16 de septiembre de 2011

Rare

Otra tarea de teatro. Esta vez, escribir un monólogo usando ciertos datos que quizás otro día transcriba aquí.


Raro

No puedo entender por qué van tan rápido. No importa cuanto vayas a correr, el tiempo no va ir más rápido. Esas chicas, yo las veo todo el tiempo apuradas, corriendo de un lado para el otro. Siempre arregladas, espléndidas estatuas, sin tiempo para nadie, ni para ellas mismas. Esas boquitas imperturbables, la nariz como oliendo mierda, esos lentes donde esconden la mirada que solo ellas saben a dónde apunta. Tratando a todos de mala manera, porque su tiempo es demasiado precioso como para perderlo con personas. A veces me gustaría, no se, atarlas a un poste, obligarlas a estarse quietas durante diez minutos, dos horas, cuatro días. A ver si en una de esas llegan a entender que somos burros tirando de la carreta, que la zanahoria siempre va a estar a la misma distancia. Si llegamos a ella o no es algo que depende del destino, no de nuestro apuro. Correr, correr tanto es a fin de cuentas tan inútil como matarse. Un momento, quiero que nos entendamos. No quiero decir que no haya que moverse. Claro que no. Quedarse quieto es regalarse a los brazos de la muerte. Lo único que digo es que no hay que ir tan rápido, no hay ningún apuro, nadie está corriéndonos. ¿Determinación? Hay que tenerla, ¿Perseverancia? Hay que tenerla. Pero esto no implica que haya que correr. Es preferible construir ladrillo por ladrillo, asegurándonos que cada pieza esté en su lugar correcto antes de pasar a la siguiente.

Porque en ellas, la prisa no las lleva a la simplicidad. Si fuera así, yo no tendría ningún problema, ninguna queja. Pero toda esa velocidad a lo único que las conduce es a la redundancia, a la repetición, a complicarse al reverendo pedo. Porque una cosa es ser complejo, y otra muy diferente es ser complicado. Soy un acérrimo enemigo de lo complicado. Cuando les preguntas qué les gustaría comer, es como si te arrojaran una lluvia de palabras. Se les viene a la cabeza, en medio segundo, todos los antojos de la semana, la última propaganda que vieron, los recuerdos de deseos insatisfechos. Y entonces, después de evaluar en 3 segundos todas las opciones de su vida, terminan diciendo “No se. Elegí vos.”. Por eso hay que ser simple, conciso. Si me preguntaran qué me gustaría comer, respondería: Unos nachos con cheddar, maní y cerveza, seguidos de sorrentinos con salsa rosa, y de postre, una porción de lemon pie y una de chocotorta. Es lo que siempre elegiría, incluso en mi última cena. Simple. Concreto. No necesito hacer una tesis para decir qué es lo que me gusta. Pero ellas, si. Corriendo por ahí con su ovillo de vigas a cuestas. Cuando se topan con algo simple, es como si se estrellarán contra una pared, porque no hay vueltas. Las cosas son así, y punto. La única visión correcta es la mirada torcida que ellas tienen. Y eso es lo que me resulta más raro. Con tanto apuro, las cosas deberían ser simples, pero no lo son. Que yo tenga esta paciencia les resulta raro, o quizás, piensen que lo raro es que yo vea raro su forma de actuar. Pero las entiendo. Puedo entender por qué no pueden esperar. Lo raro es que no vean lo simple que son las cosas. Lo raro es que todavía no entiendan que para hacer las cosas bien hay que saber esperar. Y yo sé esperar. No me importa que todos corran a mi alrededor, yo la voy a seguir esperando. Porque sé que ella va a volver. Tiene que volver. Es su destino, y yo hice tanto por ella, la estuve esperando tanto, que su destino es volver conmigo. Por eso voy a seguir esperando. Ella va a volver. Tarde o temprano. Ella va a volver. ¿Verdad?

sábado, 20 de agosto de 2011

Eve

Otra tarea de teatro. Quizas haya quedado un tanto cliche, pero agradezco que estos muchachos/as me den tanto material de inspiración (o como se diga hoy en día).

Vale aclarar, el final será cambiado en un futuro posiblemente cercano. Posiblemente, el quiebre del muchacho sea un tanto más realista.


Eve (Dos Personas)


Dos personas, un hombre y una mujer, sentados en la oscuridad de la estación Corrientes de la línea H de subtes. Él tiene unos diez años más que ella. Ambos están sentados, junto a la pobre luz que da un celular. El silencio domina la escena. Algo en la actitud de los dos denota que se encuentran en esta situación desde hace largo tiempo.
Él toma el celular con firmeza. Marca el número de su esposa y camina de un lado al otro del escenario, desesperado.
Ella: ¿Podes dejar ese celular en paz? ¡No vas a conseguir comunicarte con nadie! ¿No te das cuenta de que no queda nadie allá arriba? (Él la ignora) ¿Me estás escuchando? Por más que te duela, solo quedamos nosotros dos. (Se levanta y lo enfrenta) ¿Podes dejar ese celular, por dios? ¡Lo único que falta es que encima le termines la batería al pedo!
Él: ¿Si no hay nadie arriba, para qué querés el celular?
Ella: Le tengo miedo a la oscuridad. (Él deja el celular en el suelo. Vuelven a sentarse juntos) Ni siquiera me gusta ese celular, ¿Sabes? De hecho, lo odio. Me lo regaló mi novio… bah, debería decir mi ex-novio… (Le sonríe, cómplice. Él ignora por completo la broma) Le puso un ringtone horrible. Yo no lo entiendo, apenas sé llamar y mandar mensajes. (Se recuesta sobre el hombro de él, recordando) Igual, no es como si tuviese a alguien a quien llamar. Solo lo tenía a él. Éramos novios desde chicos, ¿Sabes? Siempre la pasábamos juntos.
Él: No me interesa que me cuentes tu vida.
Ella: ¡Ay, que mala onda! No deberías tratar así a tu Eva. (Él no le contesta) ¡Ja, ja! ¿Te imaginas si en verdad somos las únicas dos personas que quedan en el mundo? Imagino que eso te deprimiría. Como si fuese difícil adivinarlo, todo te deprime.
Él: ¿Te podés callar un poco?
Ella: ¿Qué, tenés algo más importante para hacer? (En respuesta, él agarra el celular y comienza a marcar un número. Ella lo detiene, presurosa) ¡No, no, no, no! ¡Perdón, perdón! No quise decir eso, perdoname, pero dejá ya ese celular, por favor.
Él: ¿Tanto miedo le tenés a la oscuridad?
Ella: Si. ¿Acaso vos no le tenés miedo a nada?
Él: (Perdido en sus pensamientos) No… ya no. ¿A qué le puedo temer ahora? Todo lo peor que podría haber pasado, pasó. Mariana… Gabriel… Jimena… Natalia… ¿Por qué…?
Ella: ¿Son tu familia?
Él: Eran mi familia. Ahora… son solo recuerdos.
Ella: No lo sabía… eh… (Se acerca a él e intenta abrazarlo) si necesitás llorar, yo puedo…
Él: ¡No me toques! ¡Dejame en paz! ¡Dejame en paz! (Su voz se va apagando a la vez que ella lo abraza, conteniéndolo, como una enfermera a un niño internado) Lo que pasa es que los extraño. Los extraño demasiado. Yo… no merezco haber sobrevivido. No, qué digo, sí lo merezco. Ellos ahora están durmiendo, descansando… mientras yo quedé acá sufriendo, solo…
Ella: Tranquilo, tranquilo. Ya está, ya pasó. (Silencio) Esta Mariana, Natalia… ¿Eran tus hermanas?
Él: Mariana era mi mujer. La mejor mujer que había sobre la tierra. Era tan buena, tan comprensiva. Nunca pude hacer nada para devolverle todo lo que me dio. Nada le daba miedo. Si ella estuviera acá, ahora mismo, no se quedaría como yo, llorando en un rincón. Ella se levantaría, me arrastraría con todas sus fuerzas y pelearía contra este destino ridículo, riéndose, riéndose de todo. Yo la amo. Quiero volverla a ver, quiero estar con ella. ¿Podés entender eso? ¿Lo que se siente el perderlo todo? ¿Sabés lo que es estar completamente solo? No aguanto más esto (Se levanta y comienza a irse).
Ella: ¡Pará! ¿Qué haces? ¿A dónde pensas ir? ¡No hay a donde ir!
Él: Sabés exactamente a donde voy.
Ella: ¡No, no lo hagas! ¡Ni se te ocurra! (Lo abraza) ¡Por favor, no te vayas, no me dejés! ¡Hago lo que quieras, pero quedate, quedate conmigo! Si querés… puedo reírme como tu esposa. Mirá, vas a ver que también puedo. ¡JAJAJAJAJA! (Ríe, grotescamente falsa. Él corta su risa de repente con una cachetada)
Él: ¡¿Te pensás que todo esto es una joda, qué mierda te pasa?! (Ella no contesta. Silencio.) Perdón. No te quise pegar.
Ella: Es lo mismo que dicen todos. (Cínicamente) Igual, ¿sabés qué? Tenés razón. Para mi todo esto es una joda. ¿Qué voy a entender yo? Así que dejá de soportar a una pelotuda y andate, ¡Andate bien a la mierda!
Él: Esperá, perdoname, yo…
Ella: No tenés nada que explicarme, ya me lo dijiste todo. Andá a matarte, si te la bancás. A mi me chupa un huevo lo que hagas. ¿Querés seguir llamando por celular hacia la nada? Dale, hacelo. Y ojalá que te atienda tu esposa muerta… (Él la calla tapándole a la fuerza la boca)
Él: ¡Basta! Ya basta, es suficiente. (Los dos quedan en silencio. Se sientan, sin atreverse a mirarse.)
Ella: Perdón. Soy una tarada, no se comportarme.
Él: No, no. Tenés razón. No tiene sentido que siga llamando, no queda nadie allá afuera. ¿Y para qué me voy a matar? Ya no voy a volverlos a ver. Además, si en verdad solo quedamos nosotros dos, no puedo abandonarte. ¿Quién te va a cuidar si yo no estoy? (la abraza)
Ella: ¿Pero qué paso, por qué este cambio…? (Se calla, dejándose envolver entre sus brazos) Nunca me abrazaron así.
Él: Yo siempre amé a Mariana. Pero nunca pude hacer algo por ella. Yo siempre recibía, me dejaba cuidar por ella como si fuera un nene. Me sentía tan débil, tan inútil.
Ella: No creo que lo seas.
Él: Yo sí. No creo merecer todo lo que ella me dio. Y si ahora estamos en esta situación de mierda, que no tiene ninguna solución. Cuando aparece alguien a quien puedo ayudar. ¿Por qué no lo haría? El nene tiene que crecer, y después cuidar a otra nena.
Ella: No te burles de mí.
Los dos dejan que el silencio los inunde. Él juega con el pelo de ella. Ella voltea para verlo de frente, queriendo darle un beso, pero se ve interrumpida por el celular, haciendo sonar "Is not unusual", de Tom Jones, a todo volumen. Los dos miran con horror al celular, tendido en el piso como una lápida, mientras la luz baja hasta el…
APAGÓN